23- Y si no tengo pelo… si seré mujer?

la foto

Hace muchos días recibí una llamada de una mujer que no conocía.  Venía recomendada por alguien cercano y se estaba enfrentando recientemente a la batalla del cáncer de seno.

Estaba en sus primeros días, en los que el tiempo del reloj no corre en el día y mucho menos en las noches, esos en los que no existe otro pensamiento diferente y la cabeza esta llena de preguntas sin respuesta.

Me hizo muchas de ellas, las mismas que todas tenemos al enfrentar esa situación, preguntas cargadas de miedos, de angustias… Algunas incluso una vez respondidas eran preguntadas de nuevo, seguramente no era la respuesta que quería oír y quería darle una segunda oportunidad a ver si por “arte de magia” era diferente.

Le respondí con comprensión y mucho amor cada una de ellas, desde mi experiencia (pues no soy médica) hasta que llegó al tema que después del miedo a morirnos para nosotras las mujeres quizás es mas difícil: La caída del pelo.

Ella, albergaba la esperanza que fuera una entre miles que la quimioterapia roja le conservaba su pelo.  Yo también la tuve, incluso como se demoró en caerse el mío mas días de lo previsto, llegué a pensar que no me iba a pasar.

Yo, sin querer asegurarlo, pues los milagros existen, quise ubicarla un poco en la realidad para que fuera poco a poco haciendo el desprendimiento de esta parte del proceso que además es bien bonito y enriquecedor.

Finalmente llegó la pregunta:

“Y si no tengo pelo, si seré mujer?

Que tal la pregunta?  … Si seré mujer?  Como si la feminidad, el don que nos dieron de poder generar vida, la capacidad de amar sin limites, la ternura y el corazón con capacidad ilimitada estuviera concentrado por fuera y no por dentro de la cabeza.

Que dolor sentí de ver como nuestra sociedad nos ha logrado convencer que si no tenemos pelo, que si no tenemos senos o bonitas caderas dejamos de serlo. Una realidad inevitable y lo mas triste una pregunta tan común, una pregunta que yo también me hice en su momento.

Ella, con una transformación radical en su tono de voz, donde lograba yo interpretar la angustia que le generaba sufrir cada uno de estos cambios  físicos del tratamiento teniendo un poco mas de 30 años, empezó a darme todas las razones de porque era tan duro para ella:

-Es que tu no sabes como es mi pelo, es largo … hermoso.

-El mío también era, le dije.

-Pero es que el mío es sano y brillante, no te imaginas…

-El mío también era igual.

-No sabes cuanto le he invertido en tratamientos y en cuidados para poder mantenerlo así.

-Te entiendo porque yo hacia lo mismo, respondí.

En fin, ella, después de tratar de demostrarme que su problema era mas grande que el mío, que al igual que muchas de nosotras tenia el síndrome de Sansón que creía que  toda su fuerza estaba en el, logró entender que su problema es el igual al de todas, que su dolor y su miedo a dejar de ser mujer varias lo hemos vivido y que el temor a enfrentarse al espejo diariamente y sentirse como acabada de nacer es difícil.

Pues si, una realidad, una situación que si no enfrentamos con amor nos dará  bastante duro mientras pasan los meses del tratamiento y muchos, pero muchos después mientras vuelve a crecer y recupera (posiblemente) su color y textura anterior.

Hoy, me convenzo mas que haber prescindido de la peluca fue mi mejor decisión. Enfrentar mi realidad las 24 horas del día y no tener una puñalada en el estomago cada que llegara a mi casa y me quitara el disfraz para que saliera la verdadera Lina.  Me encantó demostrarle a mi ego que soy mas que eso, que el pelo es un accesorio que está o no está y que sin el saldrá “el casco del verdadero guerrero” como dice Jorge Franco.

Nunca me imagine que yo, Lina Hinestroza, que tenia en mi pelo  la seguridad de mi feminidad, de mi belleza como mujer, lograra desapegarme tanto de el.

No voy a negar que cuando lo veo en las fotos lo anhelo, tampoco puedo evitar mirarlo  y envidiarlo a cuanta mujer tengo al frente, pero hoy lo veo como un verdadero accesorio, que existe o no existe y que en el no estará concentrada ni mi feminidad  ni mi alegría, ni mucho menos mi “ser mujer”.

Descubrí mi cara, aprendí a maquillarme los ojos  y cejas para darles expresión. Tuve que comprar  lápiz de ojos porque ni eso tenia y cuando empezaron a desaparecer las pestañas si que me sirvió. Aprendí a manejar la sombra en las cejas  para “despistar el enemigo” y ha funcionado bastante bien.

Pero hoy, sin pelo me siento mas mujer y femenina que nunca, mis ojos siempre están maquillados y mi boca de color. Y cuando estoy calva en la calle y siento las miradas de compasión de cualquier “peluda” en una caja registradora, un ascensor o cualquier parte;  pido a Dios que detrás de esa mirada de lástima  haya quedado el mensaje en ella que es hora de chequearse,  de pedir esa cita que hace tiempos está por pedir para su control anual .

Si esa mujer que me miro dos veces cuando pasé por su lado, recordó a su hermana y su mamá que lo hicieran, y si además por esa razón llegó a tiempo a librar esta batalla,  ahí si me sentiré como Sansón, ahí si entenderé la fuerza y el poder que tiene el pelo…  pero sobretodo el no tenerlo.

@linahinestroza

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17- Una mujer sin pelo en la calle…

Es muy simpático ver la reacción de las personas en la calle, aquellas que no te conocen, que no tienen ningún vinculo afectivo contigo y que ven pasar una señora “muy rara” sin pelo.

Si viviera en Los Ángeles, si caminara por Hollywood creerían que estoy estudiando actuación, rodando una película. Pero, acá en Medellín-Colombia, la ciudad donde todos tenemos carros plateados, desayunamos con arepa , nos vestimos y nos maquillamos igual ser “diferente” tiene su precio.

Recuerdo con cariño, que aproximadamente un mes antes de haber sido diagnosticada, estaba con una persona de edad, muy cercana a mi y estábamos en un restaurante con mi familia.  Cuando salíamos una mujer calva se acercó a saludar a alguien que estaba con nosotros.   En ese momento, mientras ellos dos hablaban, me dice:

“ Definitivamente si hay mujeres ya muy raras, como sale a la calle una mujer así sin pelo” a lo cual yo dije: “No será que está en algún tratamiento?” y ella respondió: ”Si será? (segundos de silencio)… hay que pesar!(con voz de remordimiento)”

Y lo recuerdo con cariño y agradecimiento porque fue una manera muy clara de entender anticipado lo que generaría en los demás, las reacciones que podrían presentarse y de igual manera entender y aceptar desde el amor  cualquier comentario imprudente que pudiera surgir.

No me gusta generar lástima ni ser el centro de atracción, precisamente por esta razón salir sin peluca iba en contra de esos dos “principios” , pero me pudo algo diferente, me pudo algo mas potente que era enfrentar mi propio ego, ser capaz de demostrarme que no importaba el que dirán, lo que me sucedía no había sido mi elección y querer ocultarlo no facilitaría las cosas. Además, esto sería consecuente con aquello que les repito a mis hijos adolescentes constantemente sobre tener que enfrentar ser el “único” ser “el parche” porque la decisión que se tome sea diferente a la de los demás y aunque muchas veces no es para nada divertido ”Es maluco, pero toca” como dice la mi sobrinita.

Todo estaba planeado para usar la peluca, incluso mi socia y yo tendríamos un “código de señas” para que ella o alguna de las “triparchicas” me dijeran si la tenía torcida en una reunión de un cliente. Nos reíamos de solo pensar en ese escenario.

Y como la idea ha sido gozarlo todo, tenía además de la peluca de mi propio pelo, otras 3 que me habían prestado porque iba a “cambiar de looks” dependiendo del día, estaba hasta entusiasmada con el cuento… juraba que iba para una fiesta de disfraces!

Cuando llegó la hora, cuando ya no era juego, cuando debía estar ya sobre la  piel sensible de la cabeza afeitada, me pareció una corona de espinas; Sentí que sería esclava de ella, si alguien llegaba a mi casa tendría que correr a ponérmela y mi tranquilidad dependería de su uso.

Envidié las personas que tienen la capacidad de soportar ese tipo de cosas pues a mi todo me estorba, en los zapatos, en la ropa, a veces tengo que cortar las marquillas de las camisas, por eso tal vez no me acostumbraría fácil  y usarla y sentirla permanentemente sería recordarme mi situación.

Entonces me “tiré al ruedo”. Y aunque los primeros días no fueron fáciles ya me acostumbré y ya la gente a mi alrededor dice que no se imaginan a Lina con pelo.

Para evitar “basuritas en el ánimo” como decía Mafalda, cuando iba al baño y tenía que lavar las manos , evitaba mirarme al espejo, yo sabía que me terminaría acostumbrando pero el tiempo se encargaría y yo tenía que ayudarle.

A sido muy simpático, hay todo tipo de comentarios y aunque no puedo negar que al comienzo notar los codazos de la gente me arrugaban un poco el corazón, hoy, yo no sé si ya no tienen codos o que pero o no lo hacen o ya me desentendí tanto del tema que ni lo noto.

Hay comentarios que causan risa, aquellos de niños, adultos mayores o uno que otro poco afortunado en neuronas que pregunta porque me motilé así. A los últimos hay que ponderarles lo valientes que son al hacerlo, pues muchos lo pensarán y se quedarán con la intriga.

He tenido que responder cosas diferentes, a una persona de la familia  muy mayor que me lo pregunto le respondí con cariño: “ Tenía las punticas del pelo muy feitas, entonces mi marido me las motiló.  Eso sí, te lo recomiendo como ginecólogo, porque como peluquero no le vas a poner la cabeza, mírame como me dejó!”

A otros, los del último grupo, les digo que un día con mucho calor me dio “el arrebato” y me tusé y ahí la cara de admiración es TOTAL, les parezco la MAS valiente, la mas radical, la mujer maravilla…

Pero los comentarios estimulantes y de admiración son mayoría.  Personas que no conoces que te dicen en un almacén, en un restaurante que admiran la valentía, la personalidad incluso hasta la forma de la cabeza. Personas que a veces no te hablan pero que con la sonrisa te lo dicen todo, con un dedo hacia arriba, con una matada de ojo…es realmente gratificante.

Un día tuve una experiencia hermosa.  Tenía tal vez un par de días de rapada y estaba mercando. Cuando llegué a la caja registradora se me acercó una señora de unos 50 años y me dijo:

“Señora, discúlpeme, tengo que decirle algo: Hace varios días me diagnosticaron una enfermedad que se me va a caer el pelo totalmente (me mostró ya todos los calvos que tenía), yo estaba muy deprimida en mi casa, en mi cama. Vine hoy al mercado porque se me acabó un medicamento y tenía que tomarlo.

Había definido que no volvería a salir y que sin pelo nunca mas podría ser feliz. Y  sabe qué? Mi Dios me la puso acá! yo la vengo siguiendo hace rato… y la veo tan sonriente, tan tranquila, tan feliz!.   Sabe que señora? Verla a usted me cambio la vida, me volvieron a dar ganas de vivir y yo voy a ser feliz así como usted; Voy a salir a la calle sin pelo y voy a agradecer que estoy viva!” .Me dio un abrazo acompañado de “Que Dios me la bendiga y se fue”.

Yo quedé en shock, pagué rápidamente, me senté en el carro y me puse a llorar. Miré hacia arriba y le agradecí a Dios porque empezaba clarificarme el “para que” que hace tantos días le estaba pidiendo.  Me sentí plena, todo estaba saliendo como El lo había planeado y seguro era solo el comienzo de su voluntad.